Entré a la carnicería en Palo Alto a principios de la década de 1960, y me estaba acercando al mostrador cuando eché un vistazo y vi al ser humano más inusual que jamás había visto. Sus manos casi podían tocar sus rodillas sin inclinarse. Sus brazos y piernas eran delgados, como apéndices apegados. La parte posterior de su cráneo sobresalía una distancia increíble y me recordó algo que había visto en algún lugar acerca de los etíopes. Su cuello era excepcionalmente largo. Mi mente no había tenido tiempo de inventar un posible punto de origen para este posible albino con el zumbido.
Esperando algo nuevo para estudiar, algún nuevo tipo de Homo sapients, de repente me di cuenta de que me estaba mirando a mí mismo desde un lado. La carnicería tenía espejos en todas partes, incluidas columnas espejadas en los dos extremos del mostrador. Yo mismo fui ese tipo raro.